martes, 7 de octubre de 2014

Franco, en nombre del pueblo español, a los pies del Cristo de Lepanto. Contando por Blas Piñar.


(Visión del Papa Pío V de la victoria de Lepanto. Museo Naval de Madrid.)

Arrodillado ante el crucifijo que se alzó en la nave de don Juan de Austria, du­rante la famosa batalla de Lepanto, traído de la catedral de Barce­lona, estando a la izquierda del crucifijo la imagen madrileña de Nuestra Señora de Atocha, con el manto con que la obsequió Isabel II y a la derecha, sobre el altar de plata repujada, el Arca Santa de Oviedo. El presbiterio se encontraba enmarcado por las cade­nas históricas de Navarra, ganadas en las Navas de Tolosa y traídas desde la Colegiata pirenaica de Roncesvalles.

Según recoge el diario ABC, del 21 de mayo de 1939, Fran­cisco Franco rezó así: «Señor, acepta complacido el esfuerzo de este pueblo, siempre tuyo, que conmigo, por tu nombre, ha vencido con heroísmo al enemigo de la Verdad en este siglo. Señor Dios, en cu­yas manos están todo Derecho y todo Poder, préstame Tu asistencia para conducir a este pueblo a la plena libertad y el imperio, para gloria Tuya y de Tu Iglesia: Señor, que todos los hombres conozcan que Jesús es el Cristo, Hijo de Dios vivo».

Franco colocó su espada a los pies del Cristo de Lepanto y el cardenal Gomá, dirigiéndose al Caudillo, le habló así: «El Señor sea siempre contigo. Él, de quien procede todo Derecho y todo Poder, y bajo cuyo imperio están todas las cosas, te bendiga y con amorosa providencia siga protegiéndote, así como al pueblo cuyo régimen te ha sido confiado. Prenda de ello sea la bendición que te doy en nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo».

Blas Piñar López.

sábado, 14 de junio de 2014

Retomamos el blog.














Hoy retomamos este blog dedicado a la Historia gloriosa de España.

¿Sabíais que en el funeral de Estado del Almirante Horatio Nelson en Londres se desplegó la Bandera de Combate del navío de línea San Ildefonso?

Hoy está expuesta en el "National Maritime Museum" de  Greenwich.



viernes, 20 de enero de 2012

La Gesta del Lago Ilmen (10-25 de enero de 1942)

Estos días se conmemora el aniversario del "paseo" por el Lago Ilmen que el 10 de enero de 1942 realizó un grupo de unos 206 españoles al mando del Capitán Ordás para salvar a los heroicos defensores alemanes de Vsvad,  al suroestes del lago.
Esta hazaña pone los pelos de punta a todo aquel que se aproxima a ella por primera vez. Con unas temperaturas sobre la superfície del lago que alcanzan los 53ºC bajo cero y con 30 Km de travesía que se hicieron interminables, los españoles llegaron al final a la aldea de Ustrika, en la mañana del día 11 de enero, donde se pudo enlazar con las fuerzas alemanas sitiadas, poniendo fin a 24 horas de travesía, frío y ventisca.
El día 25 de enero, el Capitán Ordás envió este escueto mensaje a su general: "Salímos 206 hombres y quedamos 12... ¡Arriba España!". 
Palabras simples y humildes, en un principio no destacan ni por su grandiosidad ni por su pomposidad, hablan más bien de un sentimiento que embriagaba a la mayoría de los españoles que estuvieron allí. Estaban allí "lejos de España, pero por España" (como se titula un libro sobre la División Azul de reciénte aparición). Hace unos días el nuevo ministro de Defensa de España, Pedro Morenés, pronunció unas palabras durante su primera visita a las tropas españolas en Afganistán, que seguramente pusieron los pelos de punta a más de uno, llegando a decir: "España se hace allí y aquí".
Algo que quizás, también pensaban los divisionarios que componían la Compañía de Esquiadores.
Ahora os dejo un tesoro que he encontrado en el foro MemoriaBlau.es acerca de la hazaña del Lago Ilmen. Os recomiendo a todos su lectura.
                                                              (El Lago Ilmen, hoy)



 
Artículo publicado el día 4 de Febrero de 1942 en la Hoja de Campaña


¿Quien que haya leido nuestra historia no ha sentido a través de ella el escalofrío que produce siempre los sublime y el orgullo de haberlo realizado por hombres de nuestra sangre?
Recordad españoles...
Comenzaba el siglo XVI, cuando un modesto Capitán extremeño, Hernan Cortés, y un puñado de soldados de sangre hispana quemaba sus naves en la cosa americanas y, sin más esperanza que en su Dios y en España, se adentraron en un país desconocido que querian conquistar para la Patria.
Y ese puñado de españoles, sometidos a la tortuira de la sed, a las angustias del hambre y de la fatiga, combatidos un día y otro por un enemigo mil veces mayor, falaz y traicionero, supieron vencer... y Mejico se llamo Nueva España.
Recordad también, hermanos falangistas, a aquel Pedro de Valdavia que con no más de 200 españoles conquistó la hoy República de Chile y sometió a España a los terribles araucanos.
Recordad, en fin a Francisco de Pizarro que con un Puñado de españoles se introdujo con audacia inaudita en el corazón mismo de Perú, sin retirada posible, para desde allí conquistar para la Patria aquel emporio de riqueza.
¿Es magnifico verdad?. Tan magnifico que más bien parecen estas hazañas hijas de la fantasía que de la realidad. Y, sin embargo, con todo ello no son ls conquistas en sí, ni las grandes victorias militares, ni el genio de la raza, lo que da más valor a la empresa, sino que esta se pueda realizar. Y se pudo realizar solamente a cambio de sufrimientos terribles, de padecimientos infinitos por parte de aquellos soldados españoles que de esta manera iban ensanchando por el mundo las tierras de España.
¿Quien dijo que la raza hispana había desaparecido ya?. ¿Quien pudo afirmar que aquel infante español se había esfumado en nuestra historia? Escuchad...
Han pasado más de cuatro siglos y otro puñado de españoles que sienten hervir en sus venas la sangre misma de aquellos días, se han lanzado a una aventura más por su Dios y por su Patria.
Es en Rusia frente a un terrible enemigo que no es ni el hombre ni la másquina ni el hambre ni la sed ; es algo aún peor, es el frio que cala los huesos, que encoge los cuerpos, que agota las energías pero que no puede vencernos. Y he aquí que en la lucha entablada entre el soldado español, mediterráneo ó céltico, castellano o isleño, y el frio ártico surge de imprevisto otra de esas hazañas que de vez en vez van jalonando la historia de nuestra Infantería.

Veintidos horas de marcha sobre el hielo
Nuestra Unidad de esquiadores recibió la orden de acudir en socorro de unos camaradas alemanes cercados en un lugar que no tenía m´s acceso que la superficie helada de un lago. Comenzó la marcha a las diez de la mañana. Iban nuestro camaradas envueltos en grandes abrigos de piel, calzados con botas de fieltro rusas, en dantesca caravana de trienos conducidos por naturales del país.En el sombro de estas gentes podía leerse el indecible elogio al temple de nuestros muchachos algunos de ellos conocidos deportistas del SEU. Poco a poco empezaron las tremends dificultades. Con la temperatura más cruel que esta tierra es capaz de producir, nuestros hombres habían de orientarse por la brújula, ya que la perversidad del paisaje no ofrecia ni una piedra ni un árbol ni un sendero y la cellisca quemaba los ojos. Luego, las diltaciones y centraciones de la masa de nieve ocasionabas por las diferencias de temperatura habían desgarrado la superficie del lgo, formando grietas y amontonamientos que contituían verdaderas barreras. Cinco de estos obstáculos se presentaron sucesivamente en dirección normal al avance de la Unidad que hubo de contornearlos hasta encontrar un punto de paso favorable. Y en esta lucha denodada, a la fatiga se unio el hambre y la sed; el pan y la mantequilla se habían convertido en puro hielo y el coñac quemaba los labios. Llegó la noche, esta noche rusa encelada de tenebrosidades. Perdida de orientación por haberse helado la grasa de las articulaciones de la brújula, los ojos del alma, clavados en la lejanía, allí dónde adivinaban a los rojos queriendo hacer presa en los camaradas germanos, no quisieron ver otra consigna que la de siempre adelante. Trineos y caballos iban cayendo en los pozos de hielo pagando caro el esfuerzo del hombre porque el agua que saltaba de entre los bloques de cristal producía graves congelaciones. Después de veintidos horas de marcha en esta condiciones, la expedición divisó al fin un pueblecito. Una patrulla de reconocimiento se adelantó y pudo comprobar que el pueblo estba ocupado por los alemanes. Da una idea el esfuerzo realizado por nuestros esquiadores que el sesenta por ciento de los hombres que integraban la unidad hubieron de ser rápidamente evacuados debido a las graves congelaciones sufridas durante la marcha, habiendose realizado varias amputaciones dobles por este motivo.

Ocho días de lucha
Se había alcanzado la meta. Y con ella empezaba la lucha.
Un poco menos de la mitad de los hombres que salieron el día anterior lograban poner pien en tierra firme y no todos sanos, que no eran pocos los que padecían quemaduras por congelaciones de menor importancia.
Aquel mismo día 12 de Enero, empezaron nuestros bravos esquiadores sus movimientos para establecer contacto con un enemigo que no necesitaba ser muy numeroso para triplicar sus efectivos. ¡Adelante!. Y en encuentros de patrullas, y en reconocimientos y en ocupación de poblados, y en fin, en un andar y andar sin término por la nieve pasaban las horas, acrecía la fatiga sin lograr rendir el espiritu de los bravos españoles.
Terminados los reconocimientos y las operaciones previas se concetró de nuevo la unidad y ocupó tres pueblos venciendo una a una toda resistencia enemiga.
Fué entonces cuando el enemigo, dándose cuenta, sin duda, de que eran españoles los que iban a la lucha, se creyó en el caso de reunir todas sus fuerzas para poder dominar por el número y las armas lo que nunca conseguiría en lucha franca.
Y comnzó el glorioso epílogo. Fué su primera escena la brillante gesta del Teniente García Portas dirigiéndose con ocho de sus hombres al asalto de un antitanque adversario; fué depués la resistencia heróica de cuarenta soldados españoles ante el ataque de dos Batallones rusos y cinco carros, lucha desigual que, sin embargo, costó ganar al enemigo mientras allí quedaron cara al sol el cuarenta por ciento de los españoles.
Sucedió a este ataque otros en las nuevas posiciones de repliegue, en que la desproporción de medios y de hombres aun mayor y terminó el día sin que el enemigo lograra romper la defensa como era su proposito.
Días de tranquilidad que sin embargo nuestros esquiadoresno pudieron sin embargo dar a sus cuerpos el reposo que necesitaban, ocupados como estaban en fortificrse ante los indicios de un nuevo ataque.
Este tuvo lugar el día 20. La noche, cómplice siempre de la traición, favoreció al enemigo pra deslizarse y rodear las reducidas posiciones de nuestro camaradas. Al alba se inició el ataque por todas partes pero ¡no importa! ahí están resistiendo los soldados de España y para que el enemigo lograra que sus carros y sus Batallones ocupar el terreno que ellos defendían, fué necesaria una cosa que murieran todos sus defensores.

El cumplimiento de la orden
Pocos quedaron en filas, pocos pudieron dar el abrazo de camarada a los soldados alemanes, que, no obstante todo el empeño del enemigo para impedirlo, se unieron al fin con los nuestros.
Si alguien hubiera preguntado entonces que cuántos eran los que salieron a la empresa hubiera podido contestársele como en Rocroi: ¡contad los que cayeron!
Pero, no importa ¡España, nuestra España, estaba en pie!

domingo, 18 de diciembre de 2011

"Víctimas de las Fuerzas del Imperio del Mal"


"Fueron víctimas de las Fuerzas del Imperio del Mal". Así de claro se mostró el Cardenal Amato en la betificación de 22 mártires Oblatos y del laico Cándido Castán, naturales de Aravaca y Pozuelo de Alarcón (Madrid).
El Cardenal puso de manifiesto que los verdugos fueron olvidados, sin embargo, “las víctimas inocentes son recordadas”. Y citó a los nuevos beatos: Francisco Esteban Lacal, Vicente Blanco Guadilla, José Vega Riaño, Juan Antonio Pérez Mayo, Gregorio Escobar García, Juan José Caballero Rodríguez, Justo Gil Pardo, Manuel Gutiérrez Martín, Cecilio Vega Domínguez, Publio Rodríguez Moslares, Francisco Polvorinos Gómez, Juan Pedro Cotillo Fernández, José Guerra Andrés, Justo González Llorente, Serviliano Riaño Herrero, Pascual Aláez Medina, Daniel Gómez Lucas, Clemente Rodríguez Tejerina, Justo Fernández González, Ángel Francisco Bocos Hernando, Eleuterio Prado Villarroel y Marcelino Sánchez Fernández.
“A estos 22 oblatos se unión en un mismo acto de generoso testimonio a Cristo el fiel laico Cándido Castán San José, muy conocido en el pueblo de Pozuelo, por su claro testimonio católico”, añadió.

jueves, 8 de diciembre de 2011

¡Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta, España de rodillas, te ofrece el corazón!


Señora Inmaculada de las gentes de España.
De victoria en Lepanto, de dolor en Rocroi,
rezada a flor de espadas desde el mar de Corinto
a la ribera virgen del río Paraná.
¡Señora Inmaculada de los indios ingenuos
y del hidalgo altivo y de la Inquisición!
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España, de rodillas, te ofrece el corazón.

¡Señora Inmaculada del Pilar Jacobeo!
Consuelo de amarguras en empresas de amar.
El fruto que sembraste para la fe de Cristo
salido de tus manos, ¿no había de granar?.
¡Señora Inmaculada del apóstol del Trueno,
de la hazaña difícil y la tribulación!.
Viniste a Zaragoza para salvar a España,
y España, desde entonces, parece una oración.


¡Señora Inmaculada de los Picos de Europa!
¡Cuántos te parecían pues cuanta era su fe!
Y vino de los cielos tu auxilio y la victoria
del Dios de las batallas, del Santo, de Yahvé.
¡Señora Inmaculada de esperanzas de patria!
Se eleva una plegaria de Asturias a Aragón.
Sus ecos en las rocas, los bosques y los muertos
hablaron en romance y hablaron en canción.


¡Señora Inmaculada de la Santa María,
de los vientos propicios y de la tempestad!
Temblando amor de madre llegaste al nuevo mundo
y el indio fue el hermano y Cristo la verdad.
¡Señora Inmaculada del santo misionero,
de los conquistadores y del emperador!
Resuena aun el Caribe las voces de Triana
y rezan todavía los indios al Señor.


¡Señora Inmaculada del indio mejicano!
América es España, y España es para ti.
El inca y el azteca cayeron de rodillas
y fue el Ave María caricia en guaraní.
¡Señora Inmaculada de la Rosa de Lima,
de García Moreno, de la persecución!
Son hijos de españoles, amándote nacieron:
no saben de mentira, ni saben de traición.


¡Señora Inmaculada del Valle de los Muertos,
del niño asesinado y el viejo requeté!
Ganaron la victoria, la sangre y el martirio
de la España de Cristo por la España sin fe.
¡Señora Inmaculada del muerto por la vida!
En tus brazos de madre morir es salvación.
Y la semilla santa rebrota en patria nueva
con ecos del Prudente y voz de Calderón.


¡Señora Inmaculada de la historia de España!
Tu misma nos la hiciste y huele a santidad.
Derrotas son honores, que las guerras de Cristo,
se ganan en el cielo y allí está la verdad.
¡Señora Inmaculada!. Somos aquellos mismos
que siglos defendieron tu pura Concepción.
Como ayer, como siempre, como cuando hizo falta,
España de rodillas, te ofrece el corazón.

ORACIÓN EXTRAIDA DEL BLOG "LA CIGÜEÑA DE LA TORRE"

miércoles, 7 de diciembre de 2011

"Rocroi. El último tercio" (Augusto Ferrer-Dalmau)


El perro de Rocroi (Arturo Pérez-Reverte )

XLSemanal - 24/10/2011

La vida concede ciertos privilegios, y tener algunos amigos leales, sólidos como rocas, es uno de los míos. Entre ellos se cuenta el mejor de los pintores de batallas españoles vivos: se llama Augusto Ferrer-Dalmau, y llegué a su amistad por el camino más corto: la admiración que siento por su obra. Un día fui a una exposición suya y se lo dije. Le hablé de cómo, en mi opinión, su pintura continúa y renueva una tradición clásica que en España, con breves excepciones, tuvo escasa fortuna. Pocos de nuestros pintores se ocuparon de un género que en Francia tuvo a Meissonier y a Detaille, y en Inglaterra a Caton Woodville. Por ejemplo.

Ahora Ferrer-Dalmau ha terminado un cuadro espléndido, que estos días puede admirarse en una exposición que sobre su obra y la de su paisano Cusachs se celebra en el venerable edificio de Capitanía de Madrid, esquina de Mayor con Bailén. Se llama `Rocroi. El último tercio´, y narra -pintar con talento es una forma de narrar tan eficaz como otra cualquiera- la situación en el campo de batalla de Rocroi hacia las diez de la mañana del 19 de mayo de 1643, cuando los veteranos de la destrozada infantería española, formando el último cuadro, esperaban impasibles el ataque final de la artillería y la caballería francesas. Último ataque, éste, que no llegó a producirse. Admirado el duque de Enghien por la resistencia de los españoles -murallas humanas, los llamaría Bossuet- permitió a los supervivientes capitular con todos los honores, en los términos que se concedían a las guarniciones de plazas fuertes.

El cuadro de Rocroi tiene para mí un sentido especial, pues nació de una conversación con el pintor mientras despachábamos un cordero con cuscús en un restaurante de Madrid. Un lienzo crepuscular, fue la idea, que reflejase la soledad y el ocaso, la derrota orgullosa, el impávido final simbólico de la fiel infantería que durante dos siglos, desde los Reyes Católicos a Felipe IV, hizo temblar a Europa. El retrato riguroso de aquellos soldados empujados por el hambre, la ambición o la aventura, que acuchillaron el mundo caminando tras las viejas banderas, desde las junglas americanas a las orillas lejanas del Mediterráneo, de las costas de Irlanda e Inglaterra a los diques de Flandes y las llanuras de Europa central: hombres brutales, crueles, arrogantes, amotinadizos y broncos, sólo disciplinados bajo el fuego, que todo lo soportaban en cualquier degüello o asedio, pero que a nadie -ni siquiera a su rey- toleraban que les alzase la voz.



Mete un perro en el cuadro, sugerí más tarde, cuando el artista me mostró los primeros bocetos: uno que, como sus amos, se mantenga erguido esperando el final. Un chucho español flaco, pulgoso, bastardo, que siguió a los soldados por los campos de batalla y que ahora, acogido también al último cuadro, abandonado por su patria y sin otro amparo que sus colmillos, sus redaños y los viejos camaradas, espera resignado el final. Y píntalo tan desafiante y cansado como ellos.

A Ferrer-Dalmau le gustó la idea. Y ahora he visto el cuadro acabado, y el perro está ahí, en el centro, entre un veterano de barba gris y un joven tambor de trece o catorce años que el artista ha pintado rubio porque, naturalmente, es hijo de madre holandesa y de medio tercio. En el lienzo no figura el nombre del perro; pero Ferrer-Dalmau y yo sabemos que se llama Canelo y es un cruce de podenco y galgo español de hocico largo y melancólico, firme sobre sus cuatro patas, arrimado a sus amos mientras mira las formaciones enemigas que se acercan entre el humo de la pólvora, dispuestas al ataque final. Vuelto a los franceses como diciéndose a sí mismo: hasta aquí hemos llegado, colega. Es hora de vender caro, a ladridos y dentelladas, el zurcido pellejo. El cuadro es soberbio, como digo. O me lo parece.

Retrata a la pobre y dura España de toda la vida: el soldado ciego con una espada en la mano, al que un compañero mantiene de pie y vuelto hacia el enemigo; los que rematan sañudos a los franceses moribundos; el tranquilo arcabucero que sopla la mecha para el último disparo; el desordenado palilleo de picas que eriza la formación, tan diferente a las victoriosas lanzas que pintó Velázquez. Y sobre todo, la expresión de los soldados que miran al enemigo-espectador con rencor asesino. Acércate, parecen decir. Si tienes huevos. Ven a que te raje, cabrón, mientras nos vamos juntos al infierno. Realmente da miedo acercarse a esos hombres; y uno entiende que les ofrecieran rendirse con honor antes que pagar el precio por exterminarlos uno a uno. Son tan auténticos como el buen Canelo: españoles desesperados, tirados como perros, olvidados de Dios y de su rey. Y pese a todo, arrogantes hasta el final, fieles a su reputación, temibles hasta en la derrota. Peligrosos y homicidas como la madre que nos parió.

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